* Auspiciado por el Departamento de Cultura de AMIA
* Declarado de interés por el Centro Contemporáneo de Estudios Judaicos y Sionistas Organización Sionista Argentina
* Declarado de interés por el Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí - CIDICSef
* Auspiciado por el Departamento de Hagshamá, de la Organización Sionista Mundial www.hagshama.org.es

Año V - Nº 118
15 de mayo de 2011 / 11 Iyar de 5771
Ciudad Autónoma. de Buenos Aires - Argentina
Email  Cultural@arnet.com.ar
Editores:  Alicia V. de Benmergui - Salvador Benmergui
Edición quincenal

* Indice *

Una Perspectiva del LOWER EAST SIDE
UNA VIDA ENTRE DOS HOGUERAS
Nuestro Quinto Viaje en Marcha
RECORDANDO "Estampas Porteñas de la Belle Époque argentina"

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Una Perspectiva del LOWER EAST SIDE
  MILIM en el LOWER EAST SIDE - New York

POR ALICIA BENMERGUI

 


*Lower East Side

 


*Molly Picon con Bruce Adler

 

Adler, hijo de los grandes del teatro yiddish Jacobson Henrietta y Adler Julio, se unió al negocio familiar cuando era niño.

Aquí está (el baile en la foto a la derecha) con Molly Picon en La Viuda Kosher en Nueva York Phyliss Andersenen el año 1959.

 

Molly Picon

 

 

Propaganda de actuación


Hemos ido a pasear por el Lower East Side de Nueva York porque es un lugar histórico para los judíos y de otros grupos de inmigrantes. Para nosotros ¿por qué no? también, hubo allá un mundo desaparecido constituido por los judíos que llegaron de Europa Oriental, huyendo de los progroms, buscando una vida mejor.

Fueron muchas las películas y las novelas ambientadas en ese lugarí y también hay nostálgicos programas turísticos ofrecidos por la televisión, mostrando lo que allí ha quedado y que aun permanece, pese al paso del tiempo y de la ida de gran parte de los habitantes de ese barrio. 

El tramo de la Segunda Avenida, entre Houston y la calle 14, una vez conocido el Idish Rialto o "Idish Broadway", fue el epicentro de un mundo próspero del Teatro Yiddish, que va desde la opereta a la comedia musical, a obras y adaptaciones. Pero el frenético cambio de ritmo en lo cultural y arquitectónico, fenómeno único de Nueva York, se ha llevado los grandes y viejos teatros, junto con los cafés, las flores, los vestuarios y las tiendas de música, que una vez animaron ese barrio.

El teatro idish que ofrecía obras y musicales, escritos y actuados por judíos en el lenguaje de los Ashkenazim de Europa Oriental comenzó su existencia en el siglo XIX, después de que la Ilustración Judía había eliminado el dictamen rabínico que catalogaba como "frívolo", al teatro no religioso. El teatro idish comenzó en Rusia y Europa oriental, donde el famoso Abraham Goldfaden fundó el primer Teatro idish. Ese teatro se difundió a través de las comunidades de inmigrantes, y en su apogeo, entre 1900 y 1940, pudieron encontrarse muchos de ellos en zonas densamente judías de Rusia, Europa Oriental, Londres, París y los Estados Unidos, pero especialmente en Nueva York.

 

El primer teatro en idish de Nueva York apareció en el Bowery.  A principios de siglo hubo cuatro teatros importantes en la región. Dos presentaron grandes "éxitos" judíos, a menudo producciones muy melodramáticas, que fueron muy populares, y dos producciones de obras literarias traducidas, que también encontraron grandes audiencias entre el público adulto y el educado. Juntos, ofrecieron 1.100 producciones al año para una audiencia de 2 millones de personas.

Cuando Abraham Goldfaden murió en Nueva York, en 1908, el New York Times escribió que la "población judía en la Lower East Side de Manhattan muestra en su valoración de propia poesía y de sus propios dramas expresados en el humilde idish, el mismo espíritu que impulsaba al público inglés en tiempos del  teatro isabelino".  De hecho, unos años antes, estos "isabelinos"-inmigrantes judíos habían visto producciones en idish de Jacob Adler en El mercader de Venecia en el teatro del pueblo, en que el propio Adler, había actuado de un modo impresionante como Shylock.  

Allí estaba un productor del uptown que invitó a Adler a actuar en una producción inglesa en un prominente teatro del Upper East, Adler aceptó y actuó su papel en idish. Recibió críticas variadas, aunque la producción fue lo suficientemente popular para ser repuesta dos años después.  Adler fue el primero y no significa que el último actor idish en "cruzar" del Teatro Idish a Broadway, una práctica que se convirtió en habitual cuando las producciones en idish comenzaron a superar a Broadway en calidad y escala. 

Así, el Teatro Yiddish floreció no sólo a ambos lados del Atlántico, sino también triunfó en la zona alta y en la baja de la ciudad, a ambos lados de un idioma. Como creció la prosperidad del Teatro Yiddish y el Bowery entró en decadencia, se trasladó el distrito de Teatro Yiddish, teatro por teatro, hacia el tramo de la Avenida Segunda entre Houston y la calle 14, donde alcanzó la cima de su popularidad y la inventiva en la década de 1920 y 1930.

 El Teatro Nacional que construyó luego la productora de Adler tenía 2.000 asientos pero muchas noches quedaba vacío debido a las complicaciones que tenía Adler en su vida personal. (Adler, por cierto, era un actor nacido en Ucrania, que había iniciado su carrera en una compañía pirata de Goldfaden que actuaba en Odessa).  Goldfaden eventualmente lo había incorporado de a poco como actor en su grupo de teatro.  Cuando Goldfaden primero llegó a Nueva York, Adler se rehusó a producir sus obras, diciendo que él estaba “senil.” Pero el día del funeral de Goldfaden, una procesión de 75,000 fans marchó desde el People’s Theater en el Bowery al Cementerio Washington en Brooklyn. 

De todos aquellos bellos teatros que fueron construidos, el Idish Art Theater, ahora el Village East Cinemas, es el único que está en uso todavía. Hoy se pueden ver los primeros films independientes rodados aquí. Usted puede ver todavía las obras clásicas o nuevas en Idish sobre la Calle 29, donde el Folksbiene con sus 94 años, es uno de los cuatro grupos de teatro que quedan en el mundo. El resto de los teatros y compañías ya han desaparecido.

Así, un consumado mantenedor de la memoria del pasado del barrio se perdió, cuando el primer propietario del Deli de la Segunda Avenida, Abe Lebewohl, fue atacado y murió en un robo.  Lebewohl transformó su Delicatessen en un sitio donde se exhibían todos los recuerdos del pasado teatral del Broadway Idish. El Deli tenía una sección dedicada a la estrella idishe Molly Picon, con sus fotografías, las músicas y los carteles que colgaban de sus paredes. También instaló el "Paseo de las estrellas Idish " en la acera de su negocio.

Esta serie de cincuenta placas de granito recuerda a actores del pasado idish como Pico, Adler y Goldfaden, por supuesto.  El Deli, ahora propiedad de hermano de Lebwohl, se trasladó al uptown en 2006.  Así se fue. Pero el "Paseo de las estrellas" sigue intacto en frente del Chase Bank, constituyéndose en uno de los pocos testimonios que quedaron grabados del brillante pasado del barrio.

 Ah, y también su influencia se puede encontrar en nuestra industria del entretenimiento y la tradición teatral.

 

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"UNA VIDA ENTRE DOS HOGUERAS"
  Memorias de Arthur Koestler
Fuente:
  
Por JOSÉ LUIS PARDO 30/04/2011
El País.com Babelia
Sábado, 7/5/2011

 


Arthur Koestler
 

Memorias. Arthur Koestler . Traducción de J. R. Wilcock y A. L. Bixio. Lumen. Barcelona 2011. 937 páginas.

 


Las Memorias de Arthur Koestler son una verdadera mina a propósito de las causas y los mecanismos psicológicos del fanatismo

 En 1932, tras perder su empleo en la prensa alemana al divulgarse su afiliación al comunismo, Arthur Koestler, que entonces tenía 26 años, se preparaba para emigrar desde Berlín hacia la URSS en busca de la tierra prometida. Gracias al Partido había firmado un contrato con una editorial soviética para escribir un libro titulado Rusia vista por un burgués, en el que un periodista liberal, al conocer los formidables resultados del Plan Quinquenal, se convertía sinceramente al comunismo y se hacía un acérrimo defensor de la Unión Soviética.

Como luego fue notorio, el resultado terminó siendo, a la larga, exactamente el contrario. Koestler comenzó su viaje pertrechado con una inflexible coraza ideológica y emocional de fidelidad a la utopía marxista, y fue acumulando una formidable cantidad de experiencia, en un viaje a lo largo y ancho del territorio estalinista, sobre la realidad del país, del Estado, del Partido, de la sociedad y de la organización política que había ido a conocer, una experiencia que contradecía frontalmente sus convicciones y sus propósitos y que, tras múltiples avatares (su militancia antifascista le llevaría primero a prisión franquista en Sevilla y luego a un campo de concentración nazi en Francia), haría de él un testigo incómodo en un medio intelectual que, en su inmensa mayoría y con honrosas excepciones como Orwell o Víctor Serge, se había impuesto un pacto de silencio cómplice con las atrocidades del Komintern.

Además de su obra literaria propiamente dicha, las Memorias de Koestler son una verdadera mina a propósito de las causas y los mecanismos psicológicos del fanatismo, porque nos muestran que los resortes que mantienen viva la ceguera a propósito de todo aquello que contraviene nuestros deseos y expectativas no son patrimonio de mentalidades excepcionalmente planas o violentas, sino que pueden perfectamente florecer en el espíritu científico y ser compatibles con la sofisticación intelectual, que pone al servicio de esa ceguera los recursos más insospechados. Al principio de su inmersión en el aparato del Partido Comunista berlinés, Koestler capta perfectamente el dispositivo de simplificación que dicta los principios de la lucha política: los dirigentes de las células "no sabían ni creían que el canciller democristiano Brüning fuera un verdadero opositor a Hitler, o que existiera alguna diferencia entre un tory inglés y un nazi alemán. Para ellos, la democracia era una forma camuflada de la dictadura de la clase dirigente capitalista, y el fascismo su forma abiertamente declarada (...) En el amplio panorama de la historia, los matices no importaban, y sólo el telescopio dialéctico revelaba la verdad esencial".

Como Hannah Arendt distinguió tempranamente, lo políticamente decisivo de esta ceguera intelectual es negarse a admitir el término "totalitarismo". Pues mientras por "totalitarismo" se entienda únicamente una artimaña propagandística con la que el capitalismo etiqueta todo lo que se resiste a su expansión ilimitada (una posición que aún hoy defienden neocomunistas de salón como Alain Badiou o Slavoj Zizek), la contraposición dominante seguirá siendo "capitalismo/comunismo", y cualquier infamia del segundo quedará justificada con tal de mantener la pugna contra el primero. Por el contrario, si la contraposición real es la que se da entre democracia y totalitarismo, no solamente se esclarece que el Estado mismo se vuelve imposible allí donde la ciudadanía se ha convertido en funcionariado, sino que además se manifiestan los isomorfismos entre los regímenes fascistas y los comunistas, como nos enseña Koestler cuando capta inmediatamente el parentesco entre el desprecio nazi por la "inteligencia" de los judíos, comparada con el "instinto" de la raza aria, y el desprecio comunista hacia los intelectuales pequeño-burgueses frente a la "corrección natural" de la conciencia de la clase obrera. Como quizás ocurra con toda fe inquebrantable, la confianza en el "sistema" en mitad de las arbitrariedades y las injusticias no depende únicamente de que sus fieles dispongan de una explicación lo suficientemente elástica como para legitimar cualquier cosa, sino ante todo de la complementación de esa fe con una "filosofía privada y secreta cuyo fin no es explicar los hechos, sino dejar de explicárselos".

Aunque Koestler se presenta como "el caso histórico típico de un miembro de la clase media instruida centroeuropea nacido a principios del siglo XX", el epílogo añade un matiz importante a ese tipismo: se trata de un panfleto de la SPD con dos viñetas; en la primera, fechada en 1933, Goebbels lanza a la hoguera un libro de Koestler bajo la mirada aprobatoria de Hitler; en la segunda, referida a 1952, el presidente de la República Democrática Alemana arroja a otra hoguera un libro de Koestler en presencia de un satisfecho Stalin. Y él, que escribía contra los nazis en la Rusia de Stalin y contra la Unión Soviética en el París ocupado por Hitler, reconoce su singularidad: "Que le quemen a uno dos veces en su vida es, después de todo, una rara distinción".

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"Nuestro Quinto Viaje en Marcha


Llegamos a Palermo el 11 de mayo


Puede visualizar el cuarto y último video del viaje a: ANDALUCÍA y MARRUECOS,
haciendo CLIC AQUÍ
* SICILIA, COSTA AMALFITANA Y ROMA
* MARI KATZ - ALICIA BENMERGUI *

 

Ya hemos visitado, conocido y admirado Palermo, Erice, Trapani, Agrigento, Siracusa , Catania y Taormina y seguimos viajando hacia Messina, Cosenza, Sorrento, Capri, La Costa Amalfitana, Nápoles y Roma, asombrados de tanta belleza por la hermosura de su paisajes, de su mar y de sus flores y por supuesto de su larga y antigua historia.

Con tiempo les contaremos todo lo referente a este viaje que estamos haciendo en un grupo muy bien integrado, entusiasta y gustoso de conocer realidades poco mostradas. Por supuesto que subiremos la película a nuestra página en  Facebook, junto con el album de fotos del viaje, como es nuestra costumbre.

Y...  el destino de nuestro próximo 6º  viaje requiere que vayas preparando tu visa, ya que estaremos viajando hacia los Estados Unidos de Norteamérica, en el mes de noviembre 

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RECORDANDO

Por Moshé Korin

 


Marcelo Torcuato de Alvear

 


*Jorge Newbery y Aaron de Anchorena listos para partir. Aaron había dispuesto que la lancha crucero de su propiedad Pampa los siguiera y ató dos salvavidas de esta a la barquilla.

 


*Vista de la "suntuosa" fiesta ofrecida por Aaron en Mar del Plata durante la temporada veraniega de 1916. Vemos a las señoras Dormal de Olazabal, Unzue de Blaquier, y los señores Emilio Anchorena, Luis Ocampo y M. Avellaneda (Revista Caras y Caretas, 11 de marzo de 1916).


*El escenario de la Belle Époque argentina*

Por esos comienzos del pasado siglo, la opulencia de Buenos Aires que deseaba reflejar a las grandes ciudades europeas que admiraba, hacía que se trajeran especialmente del otro lado del océano, a arquitectos que diseñaban  esplendorosos edificios y residencias.

Eran los tiempos en los que se edificaron las deliciosas construcciones que hasta hoy pueblan diversos sitios porteños, entre ellos la Avenida Alvear y la calle Quintana.

Como signo distintivo de aquella dorada época, podríamos, por ejemplo, mencionar la inauguración el 25 de mayo de 1908, del majestuoso Teatro Colón que hasta el día de hoy se encuentra entre los cinco mejores teatros operísticos del mundo por su tamaño y por su impecable acústica.

Como prolongación de aquella Belle Époque argentina, se levantaba imponente la ciudad de Mar del Plata. “La feliz” era el lugar obligado de la elite argentina y de quienes venían del exterior a pasar veranos de esplendor y diversión, atardeceres con paseos por la Rambla y noches de Casino.

No por nada Buenos Aires fue bautizada por aquel entonces, como “la ciudad que nunca duerme”, la vida nocturna que aquí se respiraba estaba hecha de numerosos cabarets, inundados de hermosísimas “bataclanas” que bailaban y cantaban el sensual y sugestivo tango arrabalero.

 

Fuente: Por Andrea Fajkusová
Radio Praha

 

* "Estampas Porteñas de la Belle Époque argentina"

 

Bucear en la historia argentina y extraer sus postales resquebrajadas en sepia es una labor deliciosa. No sólo porque resulta interesante, sino porque las estampas subjetivas de los distintos tipos de personajes del pasado  son por demás pintorescas.

Ya que dichas estampas son innumerables, debo circunscribirme. Hoy quisiera detenerme en algunos rasgos de un tipo porteño de las primeras décadas del 1900 y más específicamente en los de un ser porteño perteneciente a la oligarquía, aquellos llamados comúnmente “niños bien”.

Esos jóvenes a quienes la gran Tita Merello les cantara alguna vez:

“Niño bien, pretencioso y engrupido
que tenés berretín de figurar,
niño bien que llevás dos apellidos
y tenés de escritorio el Petit Bar..”

Nuestra historia pasada está poblada de este arquetipo sociocultural, hijo de los tiempos de la “Belle Époque” argentina. Me detendré en una de las nécdotas que tal vez puedan resultar de las más ilustrativas, porque pinta de cuerpo entero a este prototipo y porque pertenece a los años de juventud de quien fuera unos de nuestros presidentes: Marcelo Torcuato de Alvear.

Perteneciente a una riquísima familia patricia de terratenientes, sus amigos de infancia y juventud lo llamaban “Marcelito”.

Al comenzar el siglo XX rodaban en el país poco menos de trescientos automóviles. Marcelo Torcuato de Alvear (4/10/1868 – 23/3/1942) y su inseparable amigo de aventuras Aarón de Anchorena (“Aaroncito, el Gran Atila” para los amigos), fueron los protagonistas del primer duelo de autos disputado en la pista del hipódromo de Palermo. El vencedor fue Anchorena con un Benz a vapor.

Pocos meses después, Alvear se tomó su revancha con su Locomobile. Suele hablarse mucho sobre las cualidades del joven caballero Torcuato de Alvear para con sus amigos, se suele comentar que debido a ello ganaban turnándose en son de camaradería.

Poco tiempo después aquel mismo Aarón de Anchorena gastaría una fortuna trayendo desde Europa un globo aerostático, para ser el primero en hacer el cruce aéreo del Rio de la Plata. Lo acompañaba Marcelito Torcuato de Alvear, quien intercedió para que Aaroncito no le pegase al ingeniero francés traído especialmente para el evento, que se negaba a subir prediciendo que no iba a poder realizarse la proeza, debido a que el gas utilizado en la Argentina no podría generar suficiente fuerza para que el globo cumpliera su trayecto. Anchorena le gritaba loco de ira, ya que lo único que le importaba era cumplir con su hazaña:

“- Francés de mierda, resultaste un cagón. Yo te contraté para que me acompañaras y no para que me jodas el vuelo. Si nos venimos abajo, te la aguantás carajo. Para eso te pagué, pedazo de imbécil. 

- Bastardo de porquería, si fueras de mi misma condición social te liquidaba en el campo de honor, te retaba a duelo, pedazo de imbécil. ¡Qué me venís con los detalles del gas!”

Lamento el vocabulario citado, ocurre que sin él no se percibe en toda su dimensión la escena, sus protagonistas y los rasgos característicos de aquella subjetividad.

Imposible dominar semejante terquedad, finalmente el viaje lo hizo Anchorena, pero sin el ingeniero francés, acompañado por un operario desesperado por ganarse unos pesos y al llegar, después de una dificultosa travesía le dijo Aaroncito con tono triunfalista a su pobre compañero de travesía: “¡Siempre pensé y dije, que el ingeniero era un francés cagón!”.

Los “niños bien”

Los cabarets eran los sitios predilectos para los “berretines” de los “niños bien”, quienes con su característica e inconfundible voz impostadaordenaban cerrarlo para exclusivo disfrute de ellos y sus amigos. La única premisa de esas noches era el disfrute a todo lujo, sin privarse de nada; noches en las que los dueños de los cabarets toleraban cualquier exceso ya que si destrozaban algo de seguro iba a ser pagado y con creces.

Le resultará conocida al lector la expresión “tirar manteca al techo”, pero muy probablemente no le será tan familiar conocer los hechos que la originaron. Se debe tal creación a otro protagonista del grupo de los “niños bien” de aquella época: Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué (1901 – 15/11/1981),Macoco” para los amigos.

Ocurrió que en un arranque de aburrimiento de Macoco en el salón privado del parisino restaurant Maxim´s, al ver una pintura que decoraba el techo del lugar y que se componía de la representación de unas valquirias (doncellas) de senos prominentes que sobresalían de sus escotes, Macoco puso manteca en su tenedor y organizó un torneo en el que resultaba ganador quien lograra ubicar en el techo los trozos de manteca justo sobre los senos allí pintados. Por supuesto, fue luego abonada la cuenta que incluía el adicional de limpieza y restauración del techo; pero esto no  impidió que el torneo se tornase una rutina reiteradamente celebrada por los amigos.

Aún si no estaba presente en aquella noche en la que nació por un lado, el nuevo hobbie de los “señoritos bien”, y por otro, la frase que ilustraría para la posteridad aquella idiosincrasia, Marcelo Torcuato de Alvear, si bien más recatado, pertenecía a esta clase social, a sus usos y costumbres, era otro de los “dandys” argentinos. 

Como hemos dicho, “Marcelito” era amigo de Aarón Anchorena (5/11/1877 – 24/2/1965) y muy cercano también de Martín Álzaga Unzué. Eran amigos de la infancia, hijos de familias amigas pertenecientes a la oligarquía argentina; pertenecientes ambos por destino heredado a esa Argentina chica, ese mundo argentino de unas pocas familias tradicionales que se relacionaban entre sí de modo casi endogámico.

Cuando Hipólito Yrigoyen designó a Alvear como su sucesor, Macoco se hallaba en “Coeur Volant” la residencia francesa de los Alvear. La sorpresiva noticia era inimaginable por el propio Marcelo, quien si bien muy querido por el caudillo Yrigoyen, no se hallaba tan enraizado en la política como para justificar tal decisión.

Si bien jamás se manifestaron explícitamente las razones de tal decisión y los códigos de aquella clase social dictaban que no se preguntan las causas, sino que meramente se aceptan los honores, se ha especulado que, pensando en su segundo mandato posterior, el caudillo deseaba dejar la presidencia a quien sabía que le sería leal y le  devolvería luego el poder.

Toda vida, todo arquetipo histórico, todo ser humano tiene en su seno el inevitable padecer. Dicho sufrir debe intentar ser comprendido desde el propio marco que configura su modo de vivir, es por ello que más allá de lo superfluo y lo pintoresco que resulta aquel prototipo porteño, quisiera concluir estas estampas echando luz sobre la forma en la que el vacío existencial se hacía presente en ellos.

Aquel mismo excéntrico Macoco caminando una noche por París junto a un amigo periodista le confesó:

“- ¡Ah Pucho, vos no sabés cuánto te envidio, che!- (…)

-¿Usted, que tiene todo, envidiarme a mí, que soy un humilde periodista, un hombre pobre que vive al día? ¡No me tome el pelo, don Martín!

-Te lo digo en serio, viejo. ¿Sabés por qué te envidio?, porque vos no te aburrís; en cambio hay tantas veces que yo no sé qué hacer de mi vida.”

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